La presencia de mi hermano mayor en casa se podía notar en su cara perfectamente cuando de forma fortuita se cruzaba con la de mi padre, los poco más de cuatro años que habían pasado desde que se fue de casa, no mermaron su odio y resentimiento hacia él, de hecho no se habían vuelto a ver, ni siquiera se cruzaron en el hospital cuando intente quitarme la vida, en el baño dándome una ducha antes del desayuno.
La tensión era algo que se percibía en el ambiente de casa, como la presencia de una quinta persona, mi hermano menor parecía ser el único ajeno a ella, pero eso era normal, pues solo sentía interés por aquellas cosas que le afectaban directamente, el tener que sacar la basura por estar yo estudiando y cosas similares. Su actitud hacia mí era como quien aguanta el mal olor cuando se pasa cerca de un cubo de basura, creo sinceramente, que él es la única persona que contó hasta la actualidad con mi desprecio.
No sin reticencias por parte de mi padre, había pasado fines de semana en casa de mi hermano mayor junto a su mujer, les había costado mucho esfuerzo y sufrimiento el poder establecerse por su cuenta.
– Es muy joven y no se trata con su familia, no me parece sensato ni el hecho de que salgas con él.
-ve a su madre y a su hermana, y si no tiene tratos con los demás, es por principios y fuerza de voluntad y de lucha como para sostenerlos, aun cuando se ve solo y como tú dices, tan joven ¿tendrías tú esa determinación de encontrarte en su situación, papa?, creo que sus actos son tan contundentes que no dejan duda de cómo es, además, le amo.
Esta fue la conversación que tuvieron maría y su padre cuando ella y mi hermano formalizaron su intención de casarse ante los padres de ella, fuese con o sin su consentimiento formarían su familia.
La voz de mi hermano sonó tranquila en aquella reunión familiar, la primera en mucho tiempo.
-Marta, cariño, si tu quieres puedes venir conmigo a nuestra casa cuando quieras.
-Vete a por los postres, dijo mi madre temblando con los platos en la mano desde la puerta del salón.
Sin atreverme a levantar la cabeza, con miedo a que mis piernas no fuesen capaces de sostener mi peso, obedecí a mi madre, en el camino, escuche voces, que no gritos, claramente de enfado, la única que mantenía la calma era la perteneciente a mi hermano mayor, ya no era un niño, se había ganado el respeto de todos, tanto socialmente con los amigos como en la oficina, se lo había ganado de forma constante y dura, se le veía seguro de sí, aunque sin altanería ni frivolidad alguna, en cambio, se podía notar bien que cuando quería algo, estaba dispuesto a luchar por ello. Yo no era de aquella consciente de todo esto, pero cuando hoy veo en fotos sus expresiones y recuerdo su comportamiento, me queda muy claro que era así.
El caso es que la tensión pudo más que yo, y el postre, que ya no recuerdo lo que era, termino por el suelo cuando me tropecé.
Otra escena ya contada anteriormente, quiso repetirse, mi padre se levantó de la mesa con el puño cerrado en mi dirección; lo que pude ver o recuerdo, es a mi hermano detrás de mi padre, y acto seguido, lo contrario. Mi padre, tendido en el suelo frotándose el hombro, y mi hermano interponiéndose entre él y yo con una postura protectora. Hablo con voz suave, casi en susurro, dando malos calificativos a mi padre, al tiempo que le recordaba su condición de alcohólico entre otras cosas.
Recuerdo los brazos de mi hermano extendidos y en el susurro que era su voz, un claro tono que era tan amenazante como colérico, normalmente su voz es un tanto agudo para ser de hombre, pero en aquel momento era grave, me aterrorice entendiendo que él seria capaz de morir o matar por defenderme sin importarle cualquier cosa.
Nuestro padre se levanto sin mediar palabra y sin escuchar las amenazas de mi hermano, se lanzo sobre él, a ninguno de los dos les había visto de esa forma. Mi padre era prácticamente el doble de mi hermano. De lo acontecido en ese momento solo tengo el recuerdo de los muebles en el suelo, la mesa de costado sobre el suelo y todo cuanto había sobre ella ahora rodaba por el suelo.
Cuando mi mente volvió a ser consciente de lo mostrado por mis ojos, pude ver la cara de mi padre con la nariz deformada y chorreando sangre, con el cuerpo asomado al vacío hasta la altura de la cintura, esta, reposaba sobre el quicio de la ventana, tenia los ojos abiertos como platos, era claro el miedo que sentía en ese momento,
Mi hermano le sostenía por los pies, pero no por impedir que mi padre se cayese, sino dispuesto a tirarlo.
La mano de mi hermano acaricio suavemente mi cara… -¿nos vamos?.
Tenía una mochila y un bolso de viaje a la espalda, volvió la cara hacia mi padre que no se había movido de la esquina donde se sentó en el suelo y de la que no se había separado mientras Javi recogía algunas de mis cosas.
Cerré los brazos en un abrazo sobre su cuello y las piernas sobre su cintura, y con las caricias de mi hermano sobre mi nuca, llorando, con los mocos cayéndome de la nariz, enterré la cara en el hombro de mi hermano, sentía la respiración y el pulso de Rabí alterados, aunque su comportamiento no mostrase aquello. De esa forma, sin saber que hacer, que decir, que pensar o que sentir, en brazos de mi hermano, deje aquel lugar, casa únicamente del horror que había sido mi vida hasta aquel momento, fruto de las pesadillas y depresiones que aun me alcanzarían en los siguientes años, las cuales gracias al cariño y afecto y cuidados más propios de un padre que de un hermano se fueron reduciendo progresivamente.
El cambio de vida fue total, en los años que pasé con mi hermano y Mari, pude ver nacer a mi sobrina, Me permitieron salir con mis amigos, y si bien el cariño de Javi me tiene, no parece tener fin, el de su mujer Mari no fue menor. Soliamos pelearnos mucho, exactamente igual que ocurre hoy cuando duermo en su casa, peleas en las que mi sobrina no es ajena, pero lo único que sale mal parado son los cojines, las almohadas y las pobres camas que soportan el peso de los cuatro. Tampoco perdí la costumbre de bañarme con mi hermano, pues estos momentos son el único recuerdo que siento con cariño de una casa a la que no regrese jamás. Tampoco perdí el contacto con el mejor amigo que tengo, pues aun a pesar de estar casado, todavía ayer nos fuimos los dos a cenar juntos.
Tres regalos guardo de aquel día, el mas importante, salir de aquella casa, el segundo un libro encuadernado artesanalmente con recopilaciones traducidas de plinio el viejo y mi primera fiesta de cumpleaños celebrada sin temor y organizada por el amigo al que más quiero.
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