El timbre sonó dando fin a las clases, mis compañeros solían hablar de los sustos que les producían las películas de miedo, para mi, esos monstruos no eran más que una tontería, Alguien que como mucho le valía matarte. ¿Pero qué ocurre cuando no puedes escapar de una pesadilla que ni te mata ni te deja vivir?
Para mi la realidad era mucho peor que eso…
Algo que no podía entender era que no pegasen a Cris por haber suspendido una asignatura, sin llegar a esas faltas, en mi vida lo normal eran en el mejor de los casos, regañinas e insultos que no tenía duda por aquellos tiempos que merecía. El terror era mi casa. Mi padre, tras salir de su trabajo solía ir con sus amigos a los bares del barrio, normalmente solía llegar oliendo a alcohol un par de horas antes de la cena. Mi madre solía estar en la cocina, mis hermanos, bien discutiendo sino el menor en sus cosas sin interrupción alguna y el mayor ayudando a mi madre, que aun contra a lo mandado solía hacer en mi lugar, y yo estudiando.
Cortando mis pensamientos, sentí un leve empujón que me sobresalto
-¿Te dormiste?, una carcajada se dibujo en la cara de mi mejor amigo, lo conocía de siempre, mejor dicho, no tenia recuerdo alguno donde no fuésemos amigos y vecinos antes de llegar a ser compañeros de colegio desde el primer día. Los mejores días de mi vida eran sin duda alguna cuando por alguna rara razón mis padres me dejaban a dormir en su casa, ya podrían caer truenos, rayos y centellas, para mí esos días eran verano y el sol lo iluminaba todo.
Me tomo de la mano conduciéndome por los pasillos del colegio.
-Martita ¡un partido, vamos!
-Jo, termino siempre por el suelo y luego mis padres me castigan
-anda; por favor juega, sin ti no es igual de divertido.
-Sera que te hace gracia ver como termino como igual de pegajosa que la cena de mi madre…
Levanto los labios por el lado derecho, su ojo quedo tapado en parte por el pómulo y el parpado del mismo, la ceja izquierda se inclino hacia abajo, no lo pude evitar y explote en risas, siempre me hacía gracia es expresión.
No me había entendido, yo me refería a que siempre o casi siempre terminaba rebozada en el barro por algún empujón, pero no se lo explique, por el contrario, me limite a complacer las ganas que me dieron de darle un beso después de abrazarlo, siempre conseguía alegrarme el día, aunque solo fuesen unos minutos o unas horas, en esos momentos yo no era mala, no era culpable de que mi padre se enfadase ni de que mi vagancia fuese responsable de que mis hermanos tuviesen que atender a las obligaciones de casa, pues era obligación mía. No, en esos momentos no sentía el peso que solía hacer que todo mi cuerpo temblase por dentro, ni tampoco la oscuridad con la que veía la vida me hiciese llorar sin consuelo alguno, la garganta la sentía vacía en el interior y en aquellos momentos desesperantes, todo mi interior, se hacia una bola que me impedía respirar o hablar. Por el contrario, en este momentos y en los que solía compartir con él, todo eso parecía una pesadilla lejana que me parecía la vida de otra persona, no solo es que pudiese hablar, sino que las ganas de cantar me invadían y no era raro descubrirme haciéndolo sin saber cuando había empezado a hacerlo, todo eran risas, sol en el corazón de aquella niña que aun vive hoy en mi interior.
Paulatinamente se produjo el desfile de niños regresando a su casa, como cada día nos fuimos caminando juntos, alargando el juego entre nosotros con una botella de plástico, ambos reíamos ampliamente entre alguna patada perdida, empujones y carreras, las mochilas a la espalda.
Tenia que admitir que no podía igualarme a él en aquel juego, pero ya tomaría mi venganza jugando a la maza en otro momento, por ahora me era suficiente con saltar a su espalda sujetándome en su cuello o tirándole la mochila para apoderarme unos instantes de la improvisada pelota. Visto desde la perspectiva de un adulto, era el juego inocente y despreocupado de dos niños inocentes a todo lo malo del mundo.
-¿ya cansaste martita?
- No, pero estamos llegando
- Va, siempre te enfadas justo al final – no lo estoy, dije yo con un tono tristón en mi voz que el tomo por enfado.
- si lo estas, y el que tiene motivos soy yo, me diste tres patadas adrede, me tiraste la mochila al suelo y te montaste a caballo sobre mí, haces trampas.
- las patadas no fueron a cosa hecha… el resto… nadie marco las normas, y le saque la lengua, bueno… y no estoy enfadada, de verdad, solo que… me gustaría que fuésemos hermanos.
- anda ya martita, no veas cómo me riñen mis padres si no me pongo las zapas al llegar a casa… entre otras cosas….
- bajando el tono de mi voz un poco más le pedí ir a su casa a merendar… todo lo que fuese retrasar la entrada en la mía seria bien venida, aunque después fuese peor…
En ese momento la puerta del portal se cerró tras de nosotros con un sonido metálico que me puso los pelos del brazo como espigas. La luz del día que apenas podía entrar en el portal, fue sustituida por la enfermiza luz del ascensor, poco después en el rellano de la escalera, la puerta de mi casa se abrió, vi a mi amigo dar un respingo, los puños apretados y la cara que solía tener poco antes de iniciarse una pelea entre niños cuando la voz de mi padre resonó al mandarme entrar en casa.
Se me nublo la vista y apresurada atravesé el umbral de aquella casa que nunca considere propia y que tanto miedo infundía en todo mi ser.
Todo ocurrió muy rápido, trastabille dejando caer la mochila al suelo, pero continúe hasta el salón sin detenerme a recoger nada para encontrarme con mi madre.
-Mírala, hecha un desastre y ni se preocupa por las cosas y encima llega tarde. ¿Para eso trabaja tu padre como un burro?
-pero si es una cerda, dijo mi hermano menor desde la mesa del ordenador.
Sentí un tirón en el pelo justo antes de perder momentáneamente la visa, escuche un grito agudo que tarde en reconocerlo unos segundos como propio
¡En esta casa solo levanto la voz yo! Y diciéndome eso, mi padre me empujo, sentía el ojo
derecho como si me hubiese estallado, un sabor a sangre en la boca que no me era ya desconocido, y a continuación un crujido aterrador cuando caí de lado contra una mes baja… luego aturdimiento, como en un sueño vi a mi hermano mayor lanzándose contra mi padre con los puños cerrados y gruñendo como un animal.
En la oscuridad de mi cuarto volvió todo a mi mente, ante el médico yo me había lanzado con la bici, me había roto dos costillas por el golpe en el costado al caer y al rebote me di en la cara, llevándose la peor parte mi ojo que ahora estaba totalmente hinchado, trate de recordad como casi siempre, un cuento donde un anciano pasaba la vida plantando árboles en un desierto en la más absoluta soledad hasta lograr crear un bosque, me ponía en su lugar, sería una buena forma de no causar más daño ni dolor a quienes me rodeaban, sobre todo a mis padres, que lo único que querían era que fuese mejor persona, estas habían sido las palabras de mi madre.
-¿Hija, ves como no puedes portarte así?, si nos enfadamos contigo es porque te queremos, aunque no te portes bien, sabes que de otra forma nada malo ocurriría
-Mama, yo lo intento, no quiero haceros enfadar.
Yo tenía la culpa, era incuestionable, pero la noche había llegado y Javi no había regresado, a sus dieciocho años se fue de casa tras pelearse a puño cerrado con mi padre tratando de alejarlo de mí.
Mientras escribo este día vivido a mis diez años de edad, recuerdo haber soñado ser mayor, con una persona abrazándome desde atrás mientras que en mi pecho mamaba un bebe troquilo y sereno escuchándome cantar.
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